sábado, 1 de junio de 2019

Adictos al estrés


El estrés. ¡Se habla tanto de él! Parece que es la epidemia de nuestra civilización. Seguro que todos hemos oído y leído muchísimo sobre este tema, ¡quizás también lo hemos sufrido o lo estamos sufriendo! Así que quiero dejaros con unas pocas ideas sobre el estrés, de las que quizás no se habla tanto.

El estrés es natural


Ponerse tenso, a la defensiva o al ataque, es una reacción natural de nuestro cuerpo para sobrevivir. Cuando percibimos un peligro, nuestro cerebro ordena que las glándulas segreguen adrenalina y cortisol, dos hormonas que nos preparan para un gran esfuerzo físico. Esa reacción agudiza los cinco sentidos, tensa nuestros músculos, inyecta sangre a nuestras extremidades y frena los procesos involuntarios del cuerpo, como la digestión. Nos prepara para huir, atacar o quedarnos quietos como una roca. Es una reacción natural y necesaria. Si tenemos estrés, ¡es que estamos vivos!

Lo que no es tan natural es vivir estresados continuamente y por causas no reales. Las gacelas se estresan cuando un león las ataca… Echan a correr y cuando el peligro pasa, en dos minutos se relajan. ¿Cuántos leones nos atacan a nosotros, los humanos, cada día? ¿Cuántas catástrofes, accidentes o peligros reales nos acosan cada día? En el mejor de los casos, nunca los sufriremos. En el peor, unas pocas veces en la vida.

(Hago aquí una excepción: que estés conviviendo con alguien que te maltrata).

¿Cuántas veces nos persiguen como a esta gacela saltadora?

El problema casi siempre está en la mente


El problema está en la mente. No sólo nos sentimos atacados por una causa natural (algo rarísimo y poco frecuente) sino por mil cosas que disparan nuestra imaginación y nos hacen pensar o creer lo peor. Es nuestra psicología la que nos hace ver leones y tigres por todas partes. Por ejemplo: un jefe, un colega o vecino que no nos cae bien, la suegra, el cuñado, el médico o un profesor… Esa persona no es un dragón feroz, pero nuestra mente la etiqueta de “enemigo” y nuestro cuerpo reacciona de inmediato. Otras veces son situaciones: un examen, una entrevista, una visita o una prueba médica. Nadie nos va a torturar ni nos va a cortar la cabeza, pero sentimos que esa prueba es algo así como ir al matadero… como si nos jugáramos la vida. ¡Qué exagerada es nuestra querida mente!

¿Nos hemos parado a pensar más de cinco segundos si eso que nos causa estrés es realmente tan terrible? Salvo contadas excepciones, no.

Todo sale de la mente...

El estrés no es por mucho trabajo


Está muy difundida la idea de que el estrés es por exceso de trabajo y obligaciones, y eso no siempre es así. Claro que los excesos son malos y estresan: hasta comer demasiado, o beber, o ver demasiada tele nos puede estresar. Pero hay personas que hacen mil cosas, están ocupadísimas y aún tienen tiempo para hacer un voluntariado… y se las ve vibrantes, felices, positivas. ¿Tienen estrés? Si lo tienen, es un estrés “feliz” que no les amarga la vida. Más que estrés, yo lo llamaría vitalidad o animación. En cambio, otras personas que no tienen tanto trabajo, o incluso están en desempleo o jubiladas, viven en un permanente estado de tensión y agobio. ¿Qué ocurre?

Seguro que lo habéis observado en vosotros mismos. Cuando hacéis algo que os gusta, aunque os robe horas de sueño, ¡no os importa! Esto me sucedía a mí cuando empecé a escribir cada día. Mi jornada laboral era completa y terminaba tarde, de modo que sólo tenía tiempo para escribir de noche, quitándome horas de dormir. Nunca me estresó: al contrario, escribir me daba más energía y fuerza interior, porque era algo que me apasionaba. En cambio, cuando debía afrontar alguna tarea u obligación que no me gustaba, o que me generaba inseguridad y miedo, en seguida me ponía a mil por hora. ¿Os sucede algo parecido?

¡A veces nos encanta correr!

Pero a veces no queremos


El problema con el estrés es que puede llegar a ser una droga, ¡nos hacemos adictos a él! Sí, literalmente. Porque como todo es cuestión de química, nuestro cuerpo se acostumbra a esos chutes continuos de adrenalina y cortisol. ¿Por qué? Porque nos mantienen activos, alerta, despiertos… Y eso, en cierta medida, es estimulante.

Muchas personas se estresan porque no tienen medida. Es decir, no saben dónde están sus límites y, cuando se entusiasman con algo, empiezan a añadir más y más cosas a su carga laboral, profesional, personal… Aprietan el acelerador hasta que empiezan a derrapar. Debo confesarlo: me incluyo en este grupo de personas.

Después, aunque ya no sea tan agradable, ya no podemos prescindir de esa sensación de agitación interior. Necesitamos siempre ir a cien por hora, incluso cada vez más. Por un lado quisiéramos parar, pero por otro, es como si una fuerza irresistible nos llevara. Actuamos compulsivamente y nos lanzamos de cabeza a la acción, sin pensar dos veces. Y a lo mejor no es necesario correr tanto, ni hacer tanto, ni a esa velocidad. El estrés, como la velocidad, engancha. Cuando ya estamos muy atrapados, nos cuesta reconocerlo pero es la dura verdad: no queremos dejarlo. Necesitamos estar estresados. Necesitamos la velocidad, la presión, la prisa. Hay otras personas, es duro decirlo pero sucede, que “necesitan” estar ansiosas y angustiadas siempre. Si no tienen problemas, los generan. Necesitan que en su vida haya drama y conflicto, porque quizás así se sienten más vivas.

Es el cuerpo, nuestro amigo fiel y sufrido, el que nos hace parar con sus avisos. Primero lo intenta a buenas, de mil maneras. Todos esos síntomas y molestias más o menos pequeñas que vamos sufriendo son señales. Los trastornos digestivos son indicadores estrella. Hay muchos otros, desde problemas de piel y dolores musculares hasta hipertensión arterial. Pero si no hacemos caso… finalmente el cuerpo se declara en huelga y se desploma. Es cuando caemos enfermos, o cuando nos da un ataque, un infarto, un bajón inesperado y ¡pataplám! Tenemos que parar de golpe, y a veces durante un tiempo largo.

Continuaré hablando de este tema en las próximas entradas. Pero, en esta, quiero dejaros con esta idea: la adicción al estrés puede ser muy atractiva. Sobre todo si os gusta vuestro trabajo y vuestra actividad. Pero los excesos son peligrosos. Al final, lo que te entusiasma puede convertirse en una trampa y aprisionarte en sus redes. Entonces ya no es tan divertido. Vale la pena pararse a pensar. A dosis demasiado grandes, lo que te da vida te la puede quitar. Recordemos aquella máxima de los sabios griegos: Nada en exceso.

Equilibrio en todo... Nada con exceso.

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